En diciembre de 2001 la Argentina se desangraba por las calles y el país entraba en un caos social que presagiaba cosas muy graves que por surte no acontecieron pese a que se cobro mas de treinta vidas en todo el territorio nacional.
En medio de las piedras, los gases, los muertos, los heridos, un presidente que escapaba en helicóptero y una oposición que provechaba para empujar al rápidamente deshilachado Fernando de la Rúa, aparecía una luz celeste y blanca que derramaba lágrimas pero de emoción.
Uno de los responsables de generar ese "oasis" de algarabía era Diego Milito.
Casi trece años mas tarde y luego de un destacado paso por el futbol italiano y español vuelve a su gran amor: "El Racing Club de Avellaneda".
Regresa para incorporarse a esta gran incógnita que es el nuevo Racing comandado tácticamente por el joven pero lúcido entrenador, Diego Cocca, aunque manejado dirigencialmente por la misma clase política que arrastro al club por el barro de la humillación en los últimos lustros.
En medio de la incertidumbre que genera el interrogante ¿Qué podrá mas? ¿La sabiduría de un magnífico técnico como Cocca o los mismos incapaces al frente del club? se produce la llegada de este hijo dilecto de "La Academia".
Su arribo enternece al mas romántico simpatizante blanquiceleste. Es notorio su deseo de finalizar su vida como futbolista en el club que lo vio nacer y con los colores que ama, en su pecho.
Ahora hay que esperar que el proceso que intentará plasmar Cocca lo puedan apuntalar las políticas que emprendan desde una dirigencia que hasta ahora repartió fracasos como en kermese.
Diego Milito merece el mejor de los torneos por su amor y por este admirable gesto de cerrar su vida útil, como player, con el blanco y celeste recubriéndole la piel. Esa misma piel que se veía en plenitud un 27 de diciembre de 2001 sentado sobre el travesaño del arco que da espaldas a Reservistas Argentinos festejando un título treinta y cinco años esperado.

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